La vitamina C, un antioxidante potente y clave en nuestra defensa contra los radicales libres oxidantes. Estos radicales pueden ser generados por la radiación solar, la contaminación ambiental, los nitratos presentes en alimentos como carnes, embutidos, verduras y hortalizas, así como por enfermedades inflamatorias como la diabetes, enfermedades autoinmunes, endometriosis, síndrome del ovario poliquístico o simplemente el proceso natural de envejecimiento a partir de los 25 años.
Todos estos factores contribuyen a la acumulación de sustancias oxidantes en nuestras células. Si no se eliminan adecuadamente del cuerpo, pueden dar lugar a mutaciones en el ADN que afecten la función celular y predispongan a enfermedades.
Juega un papel clave en la síntesis de hormonas y neurotransmisores, como la adrenalina, noradrenalina y dopamina. Esta última es fundamental para la motivación y el estado de ánimo adecuado.
Es necesaria para el correcto funcionamiento de las enzimas hepáticas implicadas en el metabolismo de hormonas como el cortisol, aldosterona, testosterona, progesterona y estrógenos. De esta manera, la vitamina C permite que el hígado cumpla adecuadamente sus funciones de desintoxicación.
Por último, la vitamina C facilita la producción de L-carnitina en tu cuerpo. La L-carnitina es responsable de transportar los ácidos grasos al interior de las mitocondrias para que sean “quemados” y utilizados como energía. Por lo tanto, niveles adecuados de vitamina C favorecen una óptima oxidación de las grasas.
Además, la vitamina C puede ser beneficiosa para las personas con problemas de digestión, como la baja producción de ácido gástrico, hipotiroidismo, gastritis atrófica o el uso de medicamentos como los antiinflamatorios no esteroides o los inhibidores de la bomba de protones. En estos casos, la vitamina C puede ayudar al estómago a producir la cantidad suficiente de ácido para una correcta absorción de micronutrientes y proteínas, mejorando así la digestión.
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